Miles, pero uno a uno

ARTE_Desktop-2.pngFuente: Jobs

Sólo existe lo diminuto; y, además, es lo único que importa.

Lo que ves en esta pantalla se construye píxel a píxel. Tu canción favorita, nota a nota.

Las obras maestras de la literatura lo son por la calidad de sus capítulos, compuestos por párrafos, construidos por frases, hechas de palabras.

El árbol más grande comienza siendo una semilla. Como el grano de mostaza: 

“Más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas” (Mt 13, 32).

Para nuestra salud, tan letal puede ser un microbio como una fiera (Forja, 481). Y nuestro comienzo, el de cualquier persona, está en la unión de dos células.

En cuanto al tiempo, sólo podemos “dominar” el segundo presente. De ahí el auge del mindfulness, que sin embargo, no es nada nuevo. Así relata el evangelista la enseñanza de Jesús, que tiene más de dos milenios:

“No andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? […] No os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mt 6, 31-34).

Una décima en la nota le supondrá a un estudiante la diferencia entre un aprobado y un suspenso.

Una décima de segundo podrá decidir quién es el primero en una carrera.

Toda materia se compone de átomos; y estos, de partículas subatómicas.

Dice el refrán que en los detalles está el diablo; pero en lo pequeño está también y, sobre todo, lo divino: por lo general, cultivamos y demostramos el amor a través de una sucesión de detalles aparentemente insignificantes. ¿Cómo, si no? Un edificio se construye con “un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno” (Camino, 823).

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¿Ya lo tienes todo?

Durante los meses previos a la boda, me preguntaron lo mismo constantemente: “¿Ya lo tienes todo?”. A medida que se acercaba la fecha, la frecuencia con que me hacían la pregunta iba aumentando.

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Con “todo”,  los distintos interlocutores se referían al vestido, la música o el menú; el viaje de novios, la casa o la ciudad en la que íbamos a vivir. Pero, en el fondo, tener o no listos estos “todos” no me servía para decidir qué contestar, porque se referían a cuestiones efímeras. ¿De qué sirve tener lo que se va a ir?

Por una parte, el día de la boda sólo durará 24 horas: las flores, los pendientes y los zapatos se quedarán ahí (lo que no es incompatible con poner todo el mimo del mundo en los detalles, claro).

Y, por otra, tener un empleo o un piso no son garantía de nada: las mudanzas y los cambios de trabajo son, por desgracia, algo habitual; y son independientes del hecho de casarse o seguir soltera.

Lo que sí tenía -y tengo- es la certeza de haber encontrado lo que no caduca. Lo que (quien) va a permanecer conmigo con cualquier vestido, en cualquier casa, en toda circunstancia. Lo único que de verdad importa.

Así que si volviera al momento anterior a abordar el primero de los preparativos, antes incluso de concretar la fecha de la boda, contestaría sin dudar a quien me preguntara: “Sí, ya lo tengo todo”.

Me caso porque me da la gana

Vivimos en el imperio de la libertad. La libertad entendida, por una parte, como que cada uno haga lo que quiera, siempre que no cause daño a nadie; por otra, como vivir sin pesos ni ataduras. Dentro de esos márgenes, todo parece ser legítimo.

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He estado pensando que a partir de esta premisa, lo políticamente correcto es no criticar o decir a nadie lo que se piensa sobre sus decisiones; salvo que nos encontremos ante alguien actúe del modo que hoy consideramos “tradicional”.

Desde que M. y yo decidimos casarnos, muchas personas -a las que, huelga decir, no he pedido opinión-, me han dicho que me lo piense, que soy muy joven, que por qué no convivimos, que “mi hijo y su pareja tienen dos niños y no están casados y eso está muy bien”… Y creo que es algo que no sucedería si, simplemente, nos hubiéramos ido a vivir juntos, por ejemplo.

Paradójicamente, lo que se considera tradicional (casarse -más por la Iglesia-, tener hijos, sobre todo cuando se es joven…) es hoy ir a contracorriente. No porque lleve consigo la pretensión de reivindicar nada, sino porque estadísticamente es cada vez menos frecuente. Y, por ende, creo que es obvio que quien toma este tipo de decisiones no lo hace llevado por una costumbre imperante, sino, más bien, a partir de una convicción firme.

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Sospecho que este tipo de juicios no solicitados provienen de una equivocada conclusión de que quien se compromete joven pierde libertad, pues, como decía antes, este concepto suele asociarse con la ausencia de “ataduras”.

Sin embargo, creo que la libertad que no lleva a la elección sólida en cualquier ámbito (personal, profesional…) se queda en hipótesis: no se ejercita y no nos puede conducir a una verdadera libertad en acto. Si lo quiero todo, no me decido por nada. Por lo que la libertad nos hace más grandes cuando nos atrevemos a comprometerla y nos mueve a grandes proyectos.

Y, por todo esto (y por si alguien vuelve a preguntarme) me gustaría resaltar que me caso porque me da la gana, que como decía un gran santo, “es la razón más sobrenatural que hay”.

Ilustraciones: Puuung

Estoy harta de tu tripa

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“Malena Costa y su impresionante cuerpo en bikini una semana después de dar a luz”. Así cuenta La Vanguardia la repercusión que ha tenido en Instagram una foto estupenda de la estupenda modelo. Y estoy harta. Harta.

Harta de esta moda de poner en un altar los cuerpos sobrehumanos que se recuperan del parto como si no hubieran sido el hogar de un bebé durante nueve meses. Estoy harta de que nos vendan como algo meritorio algo que, con seguridad, deba mucho a la genética; y que, además, no tiene ningún tipo de importancia. Harta de que se hagan eco de algo tan excepcional, sabiendo que lo natural es que el cuerpo se tome su tiempo. ¿Cuál? El que necesite cada mujer.

“Costa ha documentado su embarazo en su cuenta de la red social Instagram con detalle, y la última publicación, en la que aparece con un vientre completamente plano”, dice el texto. ¿Y? ¿Qué hacemos? ¿Le damos la enhorabuena?

Me importa un pimiento que otra mujer tenga el vientre completamente plano, y otro tanto si lo consigue una semana después de ser madre. Lo que sí me importa es que nos expongan estas hazañas como referentes, aunque no sea de manera explícita. Que nos lo vendan como algo a lo que las mujeres tenemos que aspirar. Por si las mujeres no teníamos suficiente con la obligación 90-60-90 en un estado “normal”, ahora subimos la apuesta: el reto es alcanzar estas medidas inmediatamente después de dar a luz.

Me importa, además, que lo reseñable del nacimiento de un niño, de una nueva vida, sea que la tripita de su madre está ideal y lisa. ¿De verdad es esto en lo que hay que poner el foco? 

Puede que la culpa de que estos asuntos sean noticia no haya sido de los 15.000 usuarios de Instagram que han dado a “Me gusta” a la foto de Malena Costa en una hora; sino de quien ha extraído la conclusión de que las reacciones en masa han sido por su “impresionante cuerpo en bikini una semana después de dar a luz”.

En tal caso, me gustaría recomendar a mis colegas periodistas que se abstengan de interpretar este tipo de noticias en esta clave, y rogarles encarecidamente que dejen de ensalzar cuerpos excepcionales que, dicho sea de paso, no tienen nada de envidiables: dudo mucho que un vientre asombrosamente plano vaya a suponer una ventaja a la hora de ser una buena madre.

Vivimos dispersos

flavita_bananaEl pasado 30 de junio Leo Messi y Antonela Rocuzzo se casaron en una ceremonia que, como comenta El País, “transcurrió en la más estricta intimidad“. Después, desfilaron por una alfombra roja para posar ante unos 150 paparazzi. Muy coherente, ¿no?

Me pregunto qué sentido tiene salvaguardar la privacidad si inmediatamente después la pareja se instala en un escaparate para que todos puedan verlos. Pero esta falta de congruencia no es un hecho aislado, sino una muestra de nuestro actual modo de vivir.

Me parece totalmente legítimo compartir momentos, recuerdos en las redes sociales. No deja de ser una forma de relacionarnos, especialmente con quienes no tenemos cerca o no podemos ver con frecuencia.

El problema está en el exceso. En publicarlo todo, como hacen algunas personas; en subir todas las fotos, en lugar de unas pocas, pensando que si no lo cuento, no ha pasado; pensando que a mis “amigos” les interesa seguir minuto a minuto mi viaje. Pensando que mi transmisión en vivo va a despertar el interés de unos metafóricos 150 paparazzi que se van a agolpar para verme.

Nuestro día a día en la red genera ruido ininterrumpido

Una de las cosas que más pena me da de quien lo cuenta todo en directo es pensar que no está disfrutando del presente por estar más pendiente de que otros sepan lo que está -en apariencia- viviendo. Y de ahí un desfile de fotos, vídeos, frases, ubicaciones. De ahí el ruido visual, de opiniones, de rumores, de actualizaciones de estado.

Al mismo tiempo, esta realidad coexiste con una gran búsqueda de silencio y de saber estar en el momento presente: se extiende la práctica del yoga, el interés por técnicas orientales de meditación, las frases profundas sobre el yo, las ventas de libros de autoayuda e instrospección.

Crece el afán por cultivar la intimitad en una sociedad que cada vez está más preocupada por la imagen que proyecta y, en consecuencia, por proyectar una imagen de manera activa y constante.

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No sé a qué se deben estas incongruencias, en el caso de quienes “practican” ambas cosas. Pero pienso que buscar el silencio y prestar menos atención a la publicidad de lo que hacemos es un buen antídoto para esta adolescencia que vivimos ante el uso de las redes sociales. “Normalmente vivimos dispersos, es decir, fuera de nosotros”, dice Pablo D’Ors. Y esta dispersión es mayor aún cuando con sólo un móvil o un ordenador somos nosotros mismos los espectadores y los que se pasean por la alfombra roja a la vez.

Puede que esta adolescencia se deba a que llevamos pocos años de recorrido en el uso habitual de Facebook, Instagram o Twitter, y que tengamos que crecer y aprender a usarlas. Un aprendizaje que, por supuesto, va más allá de lo técnico y que implica moderar lo que contamos y saber recibir lo que nos llega. A estar menos pendientes de quién nos ve y más de lo que estamos haciendo; menos preocupados por mirar lo que otros hacen y enseñan y más de nuestra propia vivencia.

Altruistas

Lo que siempre se ha llamado “vientre de alquiler” ahora es “gestación subrogada”. Parece que no tiene importancia, que son sólo expresiones. Pero las palabras tienen el poder de modificar la percepción de la realidad, de establecer significados, matices y connotaciones según convenga. De poner el foco en el aspecto de la realidad que interesa. 

Ciudadanos quiere legalizar los vientres de alquiler (me niego a utilizar la nueva nomenclatura y a pasar por el aro) como una práctica “altruista”. Me pregunto que si Albert Rivera fuera mujer se atrevería a proponerlo con estas palabras. Si pudiera ponerse en los zapatos de una mujer, aunque es verdad que hay mujeres de su propia formación que respaldan su idea.

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¿Quiénes somos nosotros para decirles a los demás que no pueden ser padres?”, lanza Rivera. Mi respuesta sería que ser madre o padre no es un derecho, sino un privilegio y una responsabilidad.

Añadiría que quien tiene derecho a tener una familia es un bebé. Que un niño o una niña no es un producto que se pueda comprar o ceder, sino un Regalo. Que la vida no se paga ni se posee. No se tiene poder ni propiedad sobre un bebé, así que no se puede “donar vida”, como dice él, pues no puedes dar aquello que no te pertenece.

La propuesta de Rivera pretende que la gestante no perciba dinero a cambio, para preservar ese hermosísimo altruismo del que habla; pero, bajo esa pintura rosa de buenas intenciones, está la normalización de una forma más de abuso de la mujer. Ciudadanos quiere que sea legal nuestro uso compartido e intercambiable como si fuéramos pisos, trasteros, garajes o invernaderos que se alquilen.

Naranjito nos reduce a úteros de uso común y, encima, nos vende un discurso de desprendimiento y solidaridad. Lo que me faltaba.